“3 de decembro de 1872”

” (…) Passepartout había escuchado atentamente a Fix y quedó convencido de que el detective hablaba con absoluta buena fe.

_¿Amigos?_ preguntó Fix.

_ Amigos, no_respondió Passepartout_. Aliados, sí, pero a beneficio de inventario, porque, a la menor sospecha de traición, le retuerzo el cuello.

_De acuerdo_dijo tranquilamente el inspector de policía.

Once días después, el 3 de diciembre, el General Grant entraba en la bahía de la Puerta de Oro y atracaba en san Francisco.*

El señor Fogg no había ganado ni perdido ni un solo día. (…)”

La vuelta al mundo en ochenta días,  Vicens Vives

 

 

* Nota da edición usada: ” La bahía de Puerta de Oro ( Golden Gate en inglés) de San Francisco ( California) es una especie de brazo de mar que da salida al océano de la gran urbe, formando un extraordinario puerto natural. El nombre de la bahía se debe a que en la zona se halló oro a mediados del siglo XIX.”

Aquí temos aos nosos protagonistas, “perseguidos” polo detective na cidade californiana, S. Francisco. Polas rúas desa mesma cidades, uns anos antes (1848 e 1849) paseaban Eliza Sommers e Joaquín Andienta, os protagonistas de Hija de la fortuna, de Isabel Allende. Eles tamén acuden aos Estados Unidos alentados pola febre de ouro que nacera, precisamente aquí, en San francisco.

Así comeza a novela da escritora chilena que tamén nos leva a San Francisco:

” Todo el mundo nace con algún talento especial y Eliza Sommers descubrió temprano que ella tenía dos: buen olfato y buena memoria. El primero le sirvió para ganarse la vida y el segundo para recordarla, si no con precisión, al menos con poética vaguedad de astrólogo. Lo que se olvida es como si nunca hubiese sucedido, pero sus recuerdos reales o ilusorios eran muchos y fue como vivir dos veces. Solía decirle a su fiel amigo, el sabio Tao Chi´en , que su memoria era como la barriga del buque donde se conocieron, vasta y sombría, repleta de cajas, barriles y sacos donde se acumulaban los acontecimientos de toda su existencia. Despierta no era fácil encontrar algo en aquel grandísimo desorden, pero siempre podía hacerlo dormida, tal como le enseñó mamá Fresia en las noches dulces de su niñez, cuando los contornos de la realidad eran apenas un trazo fino de tinta pálida. Entraba al lugar de los sueños por un camino muchas veces recorrido y regresaba con grandes precauciones para no despedazar las tenues visiones contra la áspera luz de la consciencia.(…)”

 

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